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Fotoperiodismo

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AMPUTADOS DE LA BESTIA

Huyeron de sus países por la violencia y la miseria. Arriesgaron su vida sobre el lomo del tren que lleva indocumentados desde México con destino a EE UU, en un viaje en el que perdieron un miembro y las esperanzas. Ahora intentan rehacer su vida apoyados en prótesis.

A la violencia que sufren los migrantes a su paso por México, muchas veces generada por organizaciones criminales, se suma el incremento de las detenciones por la política migratoria del Gobierno de México y un uso excesivo de la fuerza por parte de las autoridades. Esta es su segunda oportunidad.


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LA FRAGIL SALUD EN LA SIERRA DE GUERRERO

Las comunidades confinadas por los grupos armados y la falta de servicios no han registrado muertes por covid pese a carecer de atención sanitaria. En el municipio de Petatlán y en el adyacente de Coyuca de Catalán, donde se encuentran las comunidades que visita Médicos Sin Fronteras, hay actualmente activos 20 y 24 casos de coronavirus, respectivamente. El número podría ser mayor si los contagios no están siendo registrados por la falta de servicio sanitario. A las dificultades técnicas se le suman las supersticiones de la población, víctimas de las noticias falsas que les llegan por WhatsApp. Muchos creen que el virus lo inyecta el Gobierno para diezmar a los pensionistas, que los médicos lo contagian a propósito o que en los hospitales se enfermarán de más gravedad. Además, para evitar encontrarse con grupos armados, evaden acudir al hospital pese a las consecuencias.

La lucha por los territorios para controlar la producción de madera, aguacate o marihuana mantiene las rutas de acceso a los pueblos vigiladas y controladas a punta de fusil AK-47. “Aquí no llegan ni los docentes ni los sacerdotes por el hostigamiento”, asegura Violante. Esa violencia disuade a los propios vecinos de salir de las fronteras de sus comunidades, ya que atravesar zonas dominadas por el grupo contrario al que reina en su comunidad es un riesgo mortal. Al haber un tráfico casi nulo de personas, las probabilidades de que el virus entre en la vecindad caen en picado. El difícil acceso por las carreteras también juega a favor de la comunidad para prevenir los contagios. Los cientos de kilómetros de terracería que hay que atravesar suponen varias horas de viaje en vehículos especializados, solo accesibles para unos pocos.